Hace ya varios años que utilizaba una ilustración muy sencilla en mis clases de liderazgo y trabajo en equipo. En ella aparecen dos burros, cada uno intentando llegar a su propio montón de comida, tirando en direcciones opuestas.
Es una imagen simple, casi infantil, pero encierra una lección que sigue teniendo mucho sentido cuando hablamos de personas, equipos y organizaciones.
La situación representa bastante bien las distintas fases por las que suele pasar un grupo cuando se enfrenta a un problema en el que existen intereses diferentes:
Deseo:cada parte quiere alcanzar su propio objetivo.
Tensión: aparece la rivalidad cuando se percibe que los recursos son limitados.
Obstinación: cada uno insiste en su camino y el conflicto termina bloqueando cualquier avance.
Reflexión: alguien se detiene y se pregunta si existe otra forma de abordar la situación.
Colaboración: las partes hablan, entienden qué necesita cada una y diseñan una estrategia conjunta.
Éxito: coordinan sus esfuerzos y consiguen alcanzar sus objetivos de una manera mucho más eficiente.
Han pasado muchos años desde que mostré aquella imagen por primera vez. Las herramientas han cambiado, la tecnología ha transformado nuestra forma de trabajar y muchas organizaciones han pasado a modelos híbridos o completamente remotos.
Pero hay algo que sigue siendo sorprendentemente parecido.
Seguimos teniendo los mismos problemas para trabajar juntos.
El coste de tirar cada uno hacia su lado
En muchas empresas y equipos, la escena de los dos burros se repite a diario.
Departamentos que compiten por presupuesto o reconocimiento. Equipos que defienden sus propios indicadores, aunque eso perjudique al conjunto. Profesionales que priorizan su parcela de responsabilidad frente al resultado global. Y reuniones en las que se dedica más tiempo a defender una posición que a encontrar una solución.
No siempre ocurre por mala intención. Muchas veces cada persona está haciendo lo que considera correcto desde su propia perspectiva.
Y ahí está precisamente el problema.
Cuando todos miramos únicamente por nuestro propio objetivo, podemos terminar trabajando unos contra otros sin darnos cuenta.
El resultado suele ser bastante previsible: se consume una enorme cantidad de energía en conflictos internos, las decisiones se ralentizan y aparece una sensación de frustración que termina afectando tanto a las personas como a los resultados.
Lo más paradójico es que, mientras cada parte intenta conseguir lo mejor para sí misma, el conjunto acaba consiguiendo mucho menos.
Colaborar no significa estar siempre de acuerdo
A veces hablamos de colaboración como si consistiera simplemente en llevarnos bien, ayudarnos y evitar los conflictos.
No lo veo así.
Colaborar no significa pensar igual ni renunciar a nuestros propios intereses. Tampoco significa decir que sí a todo para mantener un buen ambiente.
Colaborar significa entender que el objetivo del otro puede ser compatible con el nuestro y buscar la manera de coordinar ambos.
Para conseguirlo hacen falta algunas cosas bastante sencillas, aunque no siempre fáciles.
- La primera es
Cuando un equipo lleva tiempo bloqueado, la reacción habitual es hacer más de lo mismo, pero con mayor intensidad. Más reuniones, más correos, más presión, más insistencia.
Como si tirar más fuerte fuera a solucionar el problema.
A veces lo que necesitamos es exactamente lo contrario: detenernos y mirar la situación con cierta distancia.
- La segunda es hablar de forma explícita sobre lo que necesita cada parte.
Muchas veces el conflicto no está realmente en los objetivos, sino en que cada uno desconoce las necesidades, limitaciones o prioridades del otro.
- Y la tercera es coordinar los esfuerzos.
No siempre podemos conseguirlo todo al mismo tiempo. En ocasiones la solución consiste simplemente en ponerse de acuerdo sobre qué hacemos primero, qué hacemos después y cómo conseguimos que el resultado de uno facilite el del otro.
Parece sencillo.
Pero requiere algo que no siempre abunda en las organizaciones: la voluntad de dejar de defender únicamente nuestra propia parcela.
Una lección que no pasa de moda
Por eso aquella imagen de los dos burros sigue funcionando tantos años después.
Han cambiado las herramientas, las estructuras y la manera de trabajar. Pero los problemas relacionados con la coordinación entre personas siguen siendo profundamente humanos.
Seguimos teniendo egos, intereses distintos, miedo a perder recursos, necesidad de reconocimiento y tendencia a defender aquello que consideramos nuestro.
El liderazgo no consiste en conseguir que todos tiren con más fuerza.
Consiste en conseguir que dejemos de tirar en direcciones opuestas.
Un buen líder no debería limitarse a repartir tareas o exigir resultados. También tiene que crear las condiciones para que las personas entiendan cómo su trabajo encaja con el de los demás y qué pueden conseguir cuando dejan de competir por el mismo espacio.
Al final, la solución de los dos burros era bastante sencilla: no necesitaban más fuerza. Necesitaban ponerse de acuerdo.
Quizá esa sea una de las lecciones de liderazgo más sencillas y, a la vez, más difíciles de aplicar.
Porque muchas veces el problema no es que nos falten recursos, talento o herramientas.
El problema es que seguimos tirando cada uno hacia nuestro propio montón.
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